Por: Juan E. Flores Mateos.

Veracruz,Ver. 24 de octubre del 2013.- A las siete de la mañana en el estacionamiento Soriana de Miguel Alemán que está a un lado del mercado Malibrán hay cacahuates en el piso.

Son cacahuates cultivados en las faldas del volcán Popocatépetl, acomodadas en bolsas de plástico y yute por manos rudas, llenas de callos, con uñas que aún evidencian el trabajo en la tierra y rostros  que reflejan los estragos del frío. Se venden en diez pesos en los cruceros de la ciudad.

Estos cacahuates viajan por muchas horas, se adquieren en Puebla con un señor de nombre Gaudencio. Le dan empleo a un aproximado de 80 personas provenientes de un poblado de siete mil habitantes como lo es Tetelcingo, también en Puebla.

Uno de los vendedores, David Herrera, tiene 4 hijos. Sale todos los días de su pueblo junto con sus paisanos, en un viaje de más de tres horas, para llegar al Soriana, encontrarse con otros compañeros para distribuirse la mercancía que se venderá en los cruceros de esta ciudad.

“Le damos empleo a mucha gente, venimos como 20 carros por la libre, somos entre 60 y 80 que estamos por toda la ciudad. También estamos en Xalapa, pero como casi no hay chamba, venimos para acá, tiene seis meses…” cuenta David.

De una camioneta gris, de esas que sirven para transporte, baja Narciso Huerta. Viste una playera a cuadros, un sombrero y un cinturón a la que se escabulle un gallo sobre su pantalón azul ajetreado por la vida. Sus zapatos  son negros y traen polvo.

“Para nosotros todo el tiempo es duro. Le sacamos a esto por día apurado cien pesos, para el día. Nomás haz cuentas, nos llevamos como dos mil pesos en gasolina, y libres a la semana nos vienen quedando como mil pesos, es muy poco, es la realidad del México pobre” relata Narciso.

Este poblado que pertenece al municipio de Acatalán está cerca del volcán Popocatépetl. Las mañanas son heladas y llegan alcanzar temperaturas bajo cero. De allí vienen estas personas en las que se pueden vislumbrar algunos niños que tienen mejillas chapeadas por las bajas temperaturas.

“Yo me traigo a mis hijos porque como ves que no hay clases, a los maestros les vale gorro, no quieren trabajar”, lo dice Narciso mientras su hijo David se sienta en una banqueta del estacionamiento.

Tetelcingo es un pueblo que tiene pocas primarias, secundarias y bachilleratos. Y todas estas en paro, según sus pobladores desde hace meses. Desde entonces se traen a sus hijos a “chambear” al puerto.

Jesús, oriundo del poblado de San Juan Coscomatepec, amarra unas bolsas. No pasa los quince años, sus ojos están rojos por el cansancio. Viste una playera polo y un pantalón de mezclilla. Sobre la avenida se para un taxista, el número 723, el cual pita.

-órale que se va- le dicen sus compañeros.

Saca una bolsa, corre hacia el taxi y la vende. El taxista paga, sonríe. El niño de Cosco al ver la reluciente moneda amarillenta también.

A estos pobladores ya no les alcanza sembrar maíz, frijol y papa. Cuentan que desde hace tiempo a la siembra se le invierte más de lo que se le gana.

“Nosotros sembramos maíz, frijol, papa. Aunque papa ya casi no por las plagas. Invertimos 20 mil pesos por hectárea. A la siembra le sacamos a lo mucho unos diez mil, pero de eso hay que pagar otras cosas”.

Son ya las ocho de la mañana. Los oriundos de Telelcingo empiezan a formar sus grupos para irse. Regularmente comienzan a las nueve y terminan aproximadamente a las seis de la tarde, siete de la noche, antes que oscurezca.

“Mira, sácales unas fotos a ellos nuestros compañeros para que retrates al México pobre y jodido” dice uno de los vendedores de cacahuates.

Todavía el sol no ha aparecido en la ciudad, unos apenas comienzan hacer sus paquetes de diez pesos, los carros pasan sobre Miguel Alemán y David junto con Narciso se han perdido. Ya se fueron hacer la venta del día.

 

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