Mariano Romero, Gerardo Beltrón y Eduardo Palacios salieron alegres y sonrientes del restaurante Bennigan’s, donde eran bar tenders y server respectivamente, alrededor de las dos de la mañana en un vocho color rojo para morir.

Gerardo, el dueño del vocho, puso reggaetón en las bocinas de un modular de casa conectadas a su estéreo Sony que Mariano, el más grande de ellos, le había regalado hace unos meses para que sonara más potente.

Los tres empleados iban con un propósito –descansar después de 9 horas de trabajo- y dos destinos.

Primero al fraccionamiento Las Vegas donde vivía Eduardo Palacios, y de ahí a Hacienda Sotavento donde Gerardo y Mariano lo hacían, cuando a la altura de Bulevar del Mar en Costa de Oro, una camioneta X-Trail plateada con placas YHJ9827 conducida a casi 140 km/h por el muchacho de 20 años Josué Segura Hermida que iba con sus amigos recién salidos del antro los impactó.

El vocho salió disparado cien metros para luego estrellar, según los datos oficiales, un carro Golf y un transformador. La muerte fue instantánea, incluso los tres quedaron prensados.

En cambio, los cuatro que iban en la camioneta, “quienes iban jugando carreritas”, quedaron gravemente heridos y atendidos inmediatamente por paramédicos de la Cruz Roja. Ahora el conductor Josué Segura se encuentra en el Hospital D’María, tiene heridas graves.

El vocho quedó destrozado, como una bola de papel arrugada e irreconocible. La Xtrail, en cambio, sólo quedó destrozada de la parte delantera.

Los tres trabajadores del Bennigan’s eran amigos y muy queridos en el restaurante donde laboraban desde hace cuatro años. Los tres eran una excelencia en su trabajo y muy responsables. El gerente Juan Luis Gamboa los recuerda así:

“Eran unas personas muy responsables, tenían más de 4 años en esta empresa y tenían un gran corazón. Dos eran bar tenders (Mariano y Gerardo) y el otro mesero, server como les decimos aquí, incluso recuerdo a Mariano que era muy bueno guardando secretos, alguien a quien le podías confiar cosas y no te defraudaba, los tres eran muy confiables en lo que hacían”.

Juan Luis habla frente a la barra donde Mariano y Gerardo preparaban bebidas. Ahora esta barra parece tener su propio luto, un vaso dejado antes de salir por alguno de los dos bar tenders que combina con salsas inglesas y botellas de licor que están bajo unas copas de cristal colgando del techo y de cabeza.

“A Mariano le salían muy bien las bebidas en capas. Esas que son de colores, tenía buen pulso para hacerlas. En cambio Gerardo era muy bueno con la atención al huésped –cliente- que se sentaba a beber.”

Eduardo Palacios también era un gran trabajador. Era muy atento, tanto que las personas se sentaban en su área sólo para ser atendidos por él.

“Había un grupo de señoras que siempre llegaban a sentarse en el área de Eduardo sólo para ser atendidas por él porque era muy atento”.

Los tres trabajaban entre ocho y diez horas en un restaurant que abren a la una de la tarde entre semana para cerrar a las doce.

Eduardo y Gerardo, de 21 y 25 años respectivamente, eran solteros. En cambio, Mariano de 29 era casado y con dos hijos. Irving de diez y Sahori de 3.

Eran muy alegres y “castrosos”. Incluso Juan Luis recuerda una anécdota:

“Hace apenas dos días subieron al Facebook la foto de una calaverita que Gerardo colgó en el retrovisor. Y dijo: Miren, aquí traigo al Patrón porque así me dicen a mí. En buen plan de diversión, de castre, sin ofender. Eran muy alegres. Incluso Mariano comentó la foto también pero tofo en buen plan”.

Sin embargo, todas las áreas del restaurante Bennigan’s están en un silencio profundo. Apenas los trabajadores se miran unos a otros, hablan en voz baja y en la barra un hombre moreno regordete acomoda unos vasos.

Una server güera trae los ojos rojos de tanto llorar, de no poder creer que sus compañeros no están a esa hora hoy, en la que ayer estaban todos contentos, donde todo era normal.

Juan Luis le cuenta a la muchacha que la última vez que los vio fue alrededor de las once de la noche. En el Bennigan’s se siente un vacío que sólo quienes conocieron a los tres amigos pueden entender.

Un vacío que Juan Luis intenta explicar al final: La verdad podemos pasarnos el día charlando sobre ellos, pero algo si te digo, definitivamente Bennigan’s no volverá a ser lo mismo sin ellos.

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